VIAJE INTERIOR
(palabras previas, una posible introducción...)
Si miras en un mapa de Europa y buscas “Laponia” la encontrarás cerca del Polo Norte, en Finlandia, Noruega y Suecia. Pero hay otra Laponia que no sale en los mapas, la “Laponia española”. Está situada en las sierras de las provincias de Cuenca, Teruel, Soria y Guadalajara, y es casi tan fría como la Laponia del Círculo Polar Ártico, pero con menos habitantes incluso: Sólo siete habitantes por kilómetro cuadrado. Y eso según las estadísticas, porque la realidad es peor incluso. Porque hay habitantes que están censados pero realmente no viven allí, o no viven allí todo el año, y luego están los que están pero es como si no estuvieran, ancianos que no salen de sus casas, ancianos que necesitan que alguien les cuide y que al final acaban abandonando el pueblo para irse con sus familiares a una ciudad, o acaban ingresando en una residencia que, por supuesto, está lejos de su pueblo. Porque en su pueblo no hay nada, ni tiendas, ni bancos, ni gasolineras, ni ningún servicio público, ni muchas veces un simple bar.
¿Cuál es la impresión de un viajero que sale de una gran ciudad y después de muchas horas en tren llega a un pequeño pueblo de eso que llamamos “España vacía”? ¿Qué idea le viene a la mente?
Para empezar hay que decir que son viajes largos, y son largos no por los kilómetros recorridos sino por la lentitud del tren. Y eso tiene una ventaja: el paisaje. El viajero tiene tiempo de sobra para ver el paisaje, para verlo con calma, detenidamente. Para fijarse en los árboles, los campos, las casas, los pueblos, las montañas… Para ver el amanecer o el atardecer y comprobar como la luz del sol cambia el contorno de las cosas, cómo pinta con colores que parecen puro capricho un cielo nunca estático, siempre distinto. Y eso, el paisaje, le puede llevar finalmente a una reflexión: quién vive ahí, quién cuida ese paisaje, quién ha creado ese paisaje. Porque se ve el paisaje, pero se ven pocos seres humanos, pocos coches, pocas casas, pocos pueblos, pocos elementos que nos recuerden el mundo urbano y sobrepoblado de las ciudades. Y uno tiene la sensación de que ese paisaje es inmutable, que siempre ha estado y siempre estará y que nunca se trasforma, pero no, eso es sólo una ilusión. El paisaje lo hace y lo deshace el hombre, con sus tractores y sus excavadoras, con sus tijeras de podar y sus azadas. El vacío demográfico tiene sus consecuencias en la naturaleza. Pueden ser beneficiosas o pueden ser terribles. Viajando en estos lentos trenes uno tiene tiempo de pensar.
¿Y la prisa? ¿Dónde queda la prisa? Cuando tienes ocho horas por delante, tener prisa es una enfermedad mortal. Pero no es lo mismo viajar por turismo que viajar por necesidad. Y no es lo mismo tener que hacerlo cada semana que hacerlo una vez al año. Los usuarios de las líneas de ferrocarril más olvidadas del país, esas que sólo salen en la televisión cuando hay problemas, muchas veces no están de humor para disfrutar del paisaje, por muy hermoso que este sea. Se lo toman con resignación, pero, a veces, hasta el más paciente se pone furioso. Y con motivo, porque las averías son una molestia cuando son esporádicas, pero son una especie de castigo injusto e incomprensible cuando son una costumbre. ¿Por qué otra vez?, se preguntan. “Acaso no cuento. Acaso no pago mis impuestos como todo el mundo. Acaso no tengo los mismos derechos que cualquiera a tener un viaje tranquilo y no demasiado pesado. ¿Es que pido mucho?”. He compartido mi tiempo con viajeros enfurecidos y les he entendido bien. ¿Pero qué puedo contestarles?
El AVE se lleva el setenta por ciento de las inversiones ferroviarias, pero tiene sólo un cuatro por ciento de pasajeros. Ese dato lo dijeron en un telediario, no me lo invento yo. No sé si es exacto o no, pero cualquiera que haya ido a Madrid en el AVE y haya hecho el mismo viaje en un Regional comprende que hay un abismo insalvable entre un tren y otro, que en realidad es reflejo del abismo insalvable que hay entre un mundo y otro, el mundo de los que cogen el AVE y el mundo de los que cogen el Regional. ¿Insalvable? Bueno, tal vez no. Tal vez se pueda salvar. Pero para eso el Estado tiene que hacer algo. Y digo el Estado porque es el Estado quien se encarga de repartir el dinero público. Y decidir qué es prioritario y qué no lo es. Y decidir qué sistema de transportes queremos tener y poner los medios para tenerlo.
La “Laponia española” es un caso extremo, pero hay otras provincias que van perdiendo poco a poco población, hay ciudades que antes eran prósperas y que se han visto duramente golpeadas por la crisis. Pienso en Linares, por ejemplo, pero hay muchas más. Ciudades que eran importantes centros de servicios de sus zonas. Si estas ciudades pierden su papel de contención de la emigración del medio rural todo lo que queda es un inmenso desierto demográfico entre ciudades inmensas, entre grandes megalópolis a escala nacional. Parece que el campo no exista. Que es un espacio a conquistar por el hormigón y los planes de urbanismo, o por los molinos de viento y las placas solares... Esa impresión la tienes desde la ventanilla de un tren que pasa a trescientos kilómetros por hora, pero si vas a veinte kilómetros por hora la sensación es totalmente la contraria. El campo es lo único que existe. El campo es todo lo que te rodea. ¿Y la gente? ¿Dónde se ha ido todo el mundo? Pasas una estación y no sube ni baja nadie. Y pasas otra estación y pasa lo mismo. En el siguiente pueblo hay varias señoras mayores viendo el tren, sentadas en un banco, mirando en silencio. Supones que todos los días se acercan a la estación a ver pasar los trenes. No pasan muchos trenes. Así que cuando pasa el tren de la tarde ya se pueden volver a sus casas, pues no hay nada más que ver hasta el día siguiente. ¿Es eso, una manera de distraerse, en un lugar sin nada más que hacer? Te vienen ideas pesimistas que quieres apartar de tu cabeza. No hay niños. Sólo hay ancianos. Y luego nada, más estaciones vacías, cerradas, abandonadas. Y el tren ni se molesta en detenerse. Sólo falta la nieve. Pero vendrá pronto. Porque aquí los inviernos son largos y fríos. La nieve en el bosque y el ruido del tren como único ruido en todo el valle. Ya estamos en Laponia. Madrid, Barcelona, Valencia... Qué lejos quedan…
Publiqué “En vía muerta” en el año 2020. Después de muchos viajes en tren, comprendí que tenía que volver a esas estaciones fantasmales que veía desde la ventanilla. No había más remedio que coger el coche, mirar un mapa, meterse con carreteras comarcales, malas, estrechas, llenas de baches, incluso meterse por caminos, y después de mucho trabajo llegar hasta estas estaciones y fotografiarlas, fotografiarlas mientras aún existían, porque algunas estaban en ruinas y algunas iban a ser demolidas pronto. ¿Demolidas porqué? Nos dan razones, razones lógicas, pero uno piensa que existen otras razones: ¿la vergüenza, la culpabilidad? El asesino quiere borrar todas las huellas. Desaparece el tren, desaparecen las vías, desaparecen las estaciones… Desaparece la memoria de los pueblos, desaparecen las personas que usaron ese tren, que conocieron cómo era la vida cuando esas estaciones estaban llenas de pasajeros, porque sí, una vez, hace mucho tiempo, esas estaciones se llenaban de pasajeros… Todo esto lo intento buscar con mis fotos, lo que queda, lo que se perdió, lo que se perderá pronto…
“Viaje interior”, un libro que sigue el camino que comenzó con “En vía muerta”, es otro pequeño resumen de los viajes que he hecho por España desde el 2020 hasta el 2025. El editor lo publicará cuando le venga bien, que para eso es el editor, y mientras el autor, que ya ha hecho su parte del trabajo, tiene que olvidar y pasar a otros asuntos nuevos, es decir, a otros libros. Por supuesto la espera se le hace siempre muy larga al autor, pero así es la vida y hay que saber soportar la tentación de no tocar nada, de no revisar nada, de no añadir o cambiar una foto, de no ampliar o acortar un texto, porque si hacemos eso no acabamos nunca, y no, hay que darlo por terminado, hay que “pasar página” (nunca mejor dicho”) y olvidar el libro hasta el momento en que el editor nos envíe ese email que tanto esperamos, y entonces sí, entonces el libro pasará un último examen y después será arrojado a las tinieblas, es decir al oscuro mundo de las librerías y los depósitos de libros, y ahí el editor y el autor no tendrán más remedio que contemplar impotentes cómo el libro empieza a vivir una vida propia, la vida de un libro recién publicado. Pero mientras esto llega, y como ocurre algunas veces (y casi nunca por iniciativa del propio autor), es posible (y no muy prejudicial, espero), volver a abrir esa caja fuerte cerrada donde tenemos el manuscrito para, con mucho cuidado, rescatar algunas fotos inéditas, fotos que aparecen aquí por primera vez y que luego volverán a su letargo oscuro y seguro, a salvo del mundo y de sus peligros. Hasta qué el día menos pensado se haga la luz repentinamente, pero eso ya es otra historia…






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